Soñé con vos.
En el sueño me abrazabas por detrás y me levantabas unos centímetros del suelo, como solías hacer antes, cuando te daban ataques de amor injustificado hacia mí.
Antes, cuando no nos decíamos que nos queríamos pero lo hacíamos.
Antes, cuando todo contacto físico lo habíamos prohibido.
Antes, cuando todavía estaba enamorada de vos pero no te conocía.
Antes, cuando éramos la mitad de lo que somos ahora.
A veces echo de menos esos abrazos inesperados, que me sobresaltaban y me calentaban la barriga.
Pero, cariño, eso es lo único que echo de menos.
30.4.11
22.4.11
Duda II.
A veces no sé cuántos de los cambios en mi vida son porque maduré y cuántos son porque estoy sobreviviendo en lugar de vivir.
3.4.11
Miedo.
A medida que crecemos, nuestros miedos crecen. Empezamos a darnos cuenta de la fragilidad de nuestros cuerpos, de nuestras emociones, de nuestra vida. Somos más temerosos: ya no trepamos, ya no damos volteretas, ya no hacemos nada que pueda hacernos daño. Ya no pensamos "lo intento, y si no funciona no pasa nada". Dejamos de arriesgar. Somos más conscientes del dolor físico, del daño emocional, de que no siempre se puede empezar de nuevo. Descubrimos que todas las experiencias nos dejan cicatrices, que todas las personas nos afectan, que hay cosas que no se pueden deshacer. Empezamos a temer al sufrimiento, al dolor, a la muerte, a la pérdida. Nos atemorizan las infinitas posibilidades que existen de perder a nuestra familia, amigos, a parte de nosotros. Tememos a los exámenes, a los huesos rotos, a las operaciones, a los embarazos y los partos, a la soledad, a los corazones rotos, a la inestabilidad laboral, al futuro. ¿Es posible no tener miedo? ¿Podemos vivir sin pensar en las consecuencias? ¿O sólo podemos intentar que el miedo no nos paralice?
28.3.11
Before sunrise.
"Si alguien me diera a elegir ahora entre no volver a verte y casarme contigo, me casaría contigo." Sin saberlo, dos años antes de ver esta película, yo pensé exactamente lo mismo. El primer día, sin que nadie supiese que estaba ahí, sin tener que dar cuentas a nadie, sin ningún sitio donde ir, sin ninguna ocupación real, lo conocí y nos conocí. Habría elegido eso. ¿Me habría equivocado? Probablemente. Pero no puedo evitar pensar que esos días fueron tan únicos, tan especiales, que dentro de 10 años seguirán siendo lo más romántico que he hecho jamás.
22.3.11
15.3.11
Ira.
Últimamente siempre estoy inclinada a mandar todo a la mierda. A las situaciones, a los trabajos, a las relaciones, a las personas.
Personas cercanas, lejanas, intermedias.
Alejar a todos y todo antes de explotar, como el hombre-nuclear de "Heroes".
Porque estoy enojada, enfadada, cabreada, molesta.
Porque no sé hacia dónde voy, porque la gente me reemplazó en sus vidas, porque mi ahijado tiene una enfermedad horrible y yo no puedo hacer nada, porque ya no sé quién soy, porque mantener una relación larga (eterna) es cada vez más complicado, porque siento que debería estar en otro lugar, porque cada vez me siento más sola aunque esté rodeada de palabras virtuales que antes me hacían sentir acompañada.
Ahora esas palabras virtuales no son nada, no son ni caricias ni cosquillas ni abrazos. Son personas de las que estoy lejos, de las que me siento lejos, que antes eran todo y ahora no son nada, ocupados con vidas donde yo no tengo lugar, con personas que sí están ahí.
Ahora todos los sentimientos son falsos, los recuerdos son robados, la que era nuestra historia es de otra.
Ahora no soy y no estoy.
Estoy enojada, enfadada, cabreada, molesta porque nada es lo que quiero, porque no quiero nada más que esta burbuja, porque la persona que está a mi lado no sabe ni como tratarme, intentando esquivar mis tarascadas, intentando no hablar, no decir, no pensar, pero a la vez sin aprender, sin entender, sin dejarme ser.
Me enojo por todo y por todos.
Me enfada este momento, este ostracismo.
Me cabreo conmigo, porque no me entiendo.
Me molesto. Me molesta. Me molesta molestar y cabrear y enfadar y enojar.
Pero no puedo evitarlo. Porque esto sube y sube y no puedo parar y entonces grito, lloro, pateo, chillo, coloco a gente en una lista negra imaginaria que cada vez es más larga, intento respirar pero me ahogo, la furia me ahoga, me obliga a no ser yo, a dejar de sonreír, a sacar a la persona que conseguí enterrar con 15 años, a esa que sólo tenía gente que le tenía miedo, a esa que todo contestaba con sarcasmo, a esa cuyas amigas admiraban por ser borde, por ser cruel, por ser odiosa.
Mary Fuckin' Sunshine.
Personas cercanas, lejanas, intermedias.
Alejar a todos y todo antes de explotar, como el hombre-nuclear de "Heroes".
Porque estoy enojada, enfadada, cabreada, molesta.
Porque no sé hacia dónde voy, porque la gente me reemplazó en sus vidas, porque mi ahijado tiene una enfermedad horrible y yo no puedo hacer nada, porque ya no sé quién soy, porque mantener una relación larga (eterna) es cada vez más complicado, porque siento que debería estar en otro lugar, porque cada vez me siento más sola aunque esté rodeada de palabras virtuales que antes me hacían sentir acompañada.
Ahora esas palabras virtuales no son nada, no son ni caricias ni cosquillas ni abrazos. Son personas de las que estoy lejos, de las que me siento lejos, que antes eran todo y ahora no son nada, ocupados con vidas donde yo no tengo lugar, con personas que sí están ahí.
Ahora todos los sentimientos son falsos, los recuerdos son robados, la que era nuestra historia es de otra.
Ahora no soy y no estoy.
Estoy enojada, enfadada, cabreada, molesta porque nada es lo que quiero, porque no quiero nada más que esta burbuja, porque la persona que está a mi lado no sabe ni como tratarme, intentando esquivar mis tarascadas, intentando no hablar, no decir, no pensar, pero a la vez sin aprender, sin entender, sin dejarme ser.
Me enojo por todo y por todos.
Me enfada este momento, este ostracismo.
Me cabreo conmigo, porque no me entiendo.
Me molesto. Me molesta. Me molesta molestar y cabrear y enfadar y enojar.
Pero no puedo evitarlo. Porque esto sube y sube y no puedo parar y entonces grito, lloro, pateo, chillo, coloco a gente en una lista negra imaginaria que cada vez es más larga, intento respirar pero me ahogo, la furia me ahoga, me obliga a no ser yo, a dejar de sonreír, a sacar a la persona que conseguí enterrar con 15 años, a esa que sólo tenía gente que le tenía miedo, a esa que todo contestaba con sarcasmo, a esa cuyas amigas admiraban por ser borde, por ser cruel, por ser odiosa.
Mary Fuckin' Sunshine.
13.3.11
Él.
Cambian las cosas.
Cómo cambian las cosas.
Cambian para bien y para mal. Cambian para bien y para mejor.
Cambian por el tiempo, pero también cambian por las experiencias.
Las miradas son las mismas, pero no son iguales.
El escalofrío sigue ahí, en la punta de los dedos, en la base de la nuca. La electricidad de su tacto, el silencio que se hace cuando me mira. El magnetismo que nos une y que procuramos evitar porque no, no se puede, no ahora, no con todos estos cambios.
Con él soy yo y sólo yo. Me obliga a ser sincera, a confesar lo que no confesaría, a no mentirme ni a mi misma.
Pero ya no es igual. Ahora somos diferentes, ahora crecimos, ahora ya nunca será padre. Ahora pide ser padrino. Pide ser padrino y estar en mi boda y yo me pregunto si alguna vez el magnetismo se acabará, si dejaré de levitar hasta él, si seré capaz de casarme con él detrás, mirándome y sabiendo que me mira, si podremos superar eso como superamos todo lo demás. Si algo no se perderá cuando lo superemos.
Nuestro futuro es distinto. Distinto al que supongo que teníamos, a los muchos futuros alternativos que fuimos eliminando con nuestras acciones. Porque podríamos habernos olvidado, podría haberme herido de muerte, podría haberme usado y tirado, podría haberse enamorado de mí, podríamos haber perdido el contacto, podríamos ser algo que olvidar, podríamos...
Pero no. Somos lo que somos ahora, que es lo que seremos en ese futuro que los dos sabemos que tenemos. Él seguirá siendo al que llame cuando necesite oír su voz grave para sentir que todo está bien. Yo seguiré siendo a la que le puede decir lo que no puede decirse a si mismo.
Nunca seremos la idea original, lo que con 16 años pensaba que seríamos. Y eso está bien.
Como él dice, "somos nosotros gracias a lo que no somos."
Cómo cambian las cosas.
Cambian para bien y para mal. Cambian para bien y para mejor.
Cambian por el tiempo, pero también cambian por las experiencias.
Las miradas son las mismas, pero no son iguales.
El escalofrío sigue ahí, en la punta de los dedos, en la base de la nuca. La electricidad de su tacto, el silencio que se hace cuando me mira. El magnetismo que nos une y que procuramos evitar porque no, no se puede, no ahora, no con todos estos cambios.
Con él soy yo y sólo yo. Me obliga a ser sincera, a confesar lo que no confesaría, a no mentirme ni a mi misma.
Pero ya no es igual. Ahora somos diferentes, ahora crecimos, ahora ya nunca será padre. Ahora pide ser padrino. Pide ser padrino y estar en mi boda y yo me pregunto si alguna vez el magnetismo se acabará, si dejaré de levitar hasta él, si seré capaz de casarme con él detrás, mirándome y sabiendo que me mira, si podremos superar eso como superamos todo lo demás. Si algo no se perderá cuando lo superemos.
Nuestro futuro es distinto. Distinto al que supongo que teníamos, a los muchos futuros alternativos que fuimos eliminando con nuestras acciones. Porque podríamos habernos olvidado, podría haberme herido de muerte, podría haberme usado y tirado, podría haberse enamorado de mí, podríamos haber perdido el contacto, podríamos ser algo que olvidar, podríamos...
Pero no. Somos lo que somos ahora, que es lo que seremos en ese futuro que los dos sabemos que tenemos. Él seguirá siendo al que llame cuando necesite oír su voz grave para sentir que todo está bien. Yo seguiré siendo a la que le puede decir lo que no puede decirse a si mismo.
Nunca seremos la idea original, lo que con 16 años pensaba que seríamos. Y eso está bien.
Como él dice, "somos nosotros gracias a lo que no somos."
26.2.11
Bon voyage.
Mañana, una de mis mejores amigas parte hacia Francia a trabajar de enfermera durante un año.
Fue algo sorpresivo, que se decidió hoy a las 9 de la mañana, y que nos descolocó a todos.
Pensábamos que teníamos más tiempo, que llegaríamos a Carnavales juntos.
Hoy también me enteré que otras dos grandes amigas mías se van a Escocia e Italia el curso que viene de Erasmus.
Y no puedo con todo eso.
Porque no sólo yo estaré sola y encerrada ahora que no van a estar ninguna de las tres, si no que esto es el principio del fin.
De ahora en más será más difícil vernos, estaremos más repartidos por el país y el mundo, nuestras vacaciones ya no coincidirán, dejaremos de ser quienes somos.
Durante estos últimos cinco años, sabíamos que íbamos a estar todos juntos en Navidades, Semana Santa y el verano (aunque últimamente coincidíamos todos sólo una semana o dos).
Ahora no.
Ahora hay contratos de trabajo, más aeropuertos y menos autobuses, más kilómetros, más fronteras, más distancia.
Se acabaron las piscinas, las noches de zumos y risas, las noches de alcohol y risas, los viajes semi-improvisados a través de Extremadura, las fiestas en los campos, nuestra idea de sobrevivir sólo nosotros, alejados de todos, en nuestra mini-comuna autosuficiente.
Sólo nos quedarán una o dos veces al año, intentar hacer como que no estamos incómodos y ver la vida de los demás a la distancia: rupturas, relaciones, viajes, mudanzas, trabajos, bodas, hijos.
La vida sigue.
No me gusta que la vida siga.
Fue algo sorpresivo, que se decidió hoy a las 9 de la mañana, y que nos descolocó a todos.
Pensábamos que teníamos más tiempo, que llegaríamos a Carnavales juntos.
Hoy también me enteré que otras dos grandes amigas mías se van a Escocia e Italia el curso que viene de Erasmus.
Y no puedo con todo eso.
Porque no sólo yo estaré sola y encerrada ahora que no van a estar ninguna de las tres, si no que esto es el principio del fin.
De ahora en más será más difícil vernos, estaremos más repartidos por el país y el mundo, nuestras vacaciones ya no coincidirán, dejaremos de ser quienes somos.
Durante estos últimos cinco años, sabíamos que íbamos a estar todos juntos en Navidades, Semana Santa y el verano (aunque últimamente coincidíamos todos sólo una semana o dos).
Ahora no.
Ahora hay contratos de trabajo, más aeropuertos y menos autobuses, más kilómetros, más fronteras, más distancia.
Se acabaron las piscinas, las noches de zumos y risas, las noches de alcohol y risas, los viajes semi-improvisados a través de Extremadura, las fiestas en los campos, nuestra idea de sobrevivir sólo nosotros, alejados de todos, en nuestra mini-comuna autosuficiente.
Sólo nos quedarán una o dos veces al año, intentar hacer como que no estamos incómodos y ver la vida de los demás a la distancia: rupturas, relaciones, viajes, mudanzas, trabajos, bodas, hijos.
La vida sigue.
No me gusta que la vida siga.
22.2.11
Otro ciclo, otra droga.
"El pronóstico no es bueno, pero él está bien."
Eso no me sirve. Eso no me sirve y nunca me sirvió.
Necesito que el pronóstico sea bueno, necesito que esté bien.
No puedo recibir esa llamada, y llorarlo a la distancia, y ver morir algo mío pero que nunca fue mío a la vez.
Pedí por él en la Catedral de Lausanne. No fue mucho, sólo un post-it con su nombre en una pared de oraciones. Todo lo que mi maltrecha fe me dejó hacer sin sentirme una hipócrita, sin tener que recurrir a esas oraciones gastadas y vacías que me enseñaron hace mucho tiempo.
Un pequeño post-it. Pequeño como él.
Como las caritas que me miran desde ese portarretrato que me armó mi mamá con sus fotos, pero que me dijo que no lo mirase cuando estaba mal, para mandarle sólo energía positiva.
Ya no necesita energía positiva, ni que yo llore, ni drogas por vía oral (también).
Necesita un milagro.
Y yo no puedo hacer nada.
Ni estar ahí.
Fuck.
Eso no me sirve. Eso no me sirve y nunca me sirvió.
Necesito que el pronóstico sea bueno, necesito que esté bien.
No puedo recibir esa llamada, y llorarlo a la distancia, y ver morir algo mío pero que nunca fue mío a la vez.
Pedí por él en la Catedral de Lausanne. No fue mucho, sólo un post-it con su nombre en una pared de oraciones. Todo lo que mi maltrecha fe me dejó hacer sin sentirme una hipócrita, sin tener que recurrir a esas oraciones gastadas y vacías que me enseñaron hace mucho tiempo.
Un pequeño post-it. Pequeño como él.
Como las caritas que me miran desde ese portarretrato que me armó mi mamá con sus fotos, pero que me dijo que no lo mirase cuando estaba mal, para mandarle sólo energía positiva.
Ya no necesita energía positiva, ni que yo llore, ni drogas por vía oral (también).
Necesita un milagro.
Y yo no puedo hacer nada.
Ni estar ahí.
Fuck.
5.2.11
Respirar hondo y saltar.
Ese miedo infinito que da el enfrentarse a una cama fría y vacía.
Casi tanto como saltar a una piscina desde un trampolín.
Un salto al vacío.
Casi tanto como saltar a una piscina desde un trampolín.
Un salto al vacío.
3.2.11
Aniversarios.
Hace unos días hice mi primer año con alguien. Con cualquier persona, de hecho.
Nunca nadie me había soportado tanto tiempo. Nunca yo había soportado a nadie tanto tiempo.
Así que ese día nos pusimos guapos para el otro, y salimos en una "cita de verdad". Eso es algo que no entiendo, lo de las "citas de verdad": es como si intentásemos hacer olvidar al otro que ese día nos levantamos juntos y estábamos despeinados, todas las veces en las que nos vimos en un estado penoso, los resfriados y las montañas de pañuelos usados, la comida entre los dientes, todas esas cosas que hace la convivencia con el querer gustarle al otro.
Esa noche nos arreglamos como si no nos hubiésemos despertado juntos y como si no nos hubiésemos visto unas horas antes para prestarle unos apuntes, con ojeras y el pelo recién lavado. Me maquillé, me peiné, me puse ropa nueva, pasé a buscarlo.
Fuimos a un buffet libre al que llevábamos desde septiembre queriendo ir. Nada de italianos, nada de velas, nada de cosas "bonitas". Mucha comida y un sitio al que queríamos ir.
Nos pasamos por nuestro bar para recordar viejas épocas, y el bar había cambiado. Incluso la música era diferente, mejor. Y eso de alguna manera era un poco triste. Nuestra primera noche ahí, nuestra primera noche, estuvieron poniendo canciones de los '80, y sólo dejamos de besarnos cuando empezamos a reírnos de la rima de 'No hay marcha en Nueva York'.
Y ahora estaban los Beatles y eso está muy bien, mejor incluso, pero no era lo mismo.
Un hombre se puso a citar a Bécquer intentando vendernos unos CDs de música de la India, y nos reímos y la cerveza estaba fea, amarga, de esas veces que mejor no haberte tomado nada.
Volvimos a casa y ahí está otra cosa de los aniversarios, algo que no entiendo pero que se hace de todas maneras de forma instintiva: el sexo. Porque claro, el sexo de aniversario es como el sexo de cumpleaños o San Valentín: hay que esforzarse. Hay que esforzarse y intentar engañar al otro, jugar a que somos mucho mejores de lo que somos realmente, como si el otro no lo supiera ya. Como si no llevases un año acostándote con él, como si no te conociera.
Te conoce, claro que te conoce, y esa es la mejor parte.
Pero después, justo antes de dormir, te olvidás que se supone que es tu aniversario y hacés lo mismo que el resto de las noches: te ponés la misma camiseta arrugada, te abrazás de la misma manera, decís la misma frase justo antes de darte la vuelta y acomodarte en el hueco del cuerpo de la otra persona.
Y ahí es cuando te das cuenta.
Un aniversario no es celebrar un año de estar juntos.
Un aniversario es mirar atrás y darte cuenta de que a pesar de las cosas malas, y de las peleas, y de los errores, y teniendo en cuenta las horas de estudio, peli, series, comida, cocina, convivencia compartidas, las risas, los paseos, las cenas fuera, los regalos sorpresa, las bromas internas, los mensajes nocturnos y los pequeños fragmentos de los que está hecha una relación, no querrías estar en otro lugar ahora mismo.
Que si de ahora en más todos los días fuesen nuestros días normales, sin arreglarnos ni cenar fuera ni esforzarnos para intentar hacer creer al otro que somos quienes ya saben que no somos, estaría bien.
Que seríamos felices despertándonos con el despertador de su móvil, pasando el día en nuestra vida y después volver a "nuestra" vida, mientras inventamos alguna receta y miramos 'Buenafuente', justo antes de ponernos en nuestra postura para dormir.
Nunca nadie me había soportado tanto tiempo. Nunca yo había soportado a nadie tanto tiempo.
Así que ese día nos pusimos guapos para el otro, y salimos en una "cita de verdad". Eso es algo que no entiendo, lo de las "citas de verdad": es como si intentásemos hacer olvidar al otro que ese día nos levantamos juntos y estábamos despeinados, todas las veces en las que nos vimos en un estado penoso, los resfriados y las montañas de pañuelos usados, la comida entre los dientes, todas esas cosas que hace la convivencia con el querer gustarle al otro.
Esa noche nos arreglamos como si no nos hubiésemos despertado juntos y como si no nos hubiésemos visto unas horas antes para prestarle unos apuntes, con ojeras y el pelo recién lavado. Me maquillé, me peiné, me puse ropa nueva, pasé a buscarlo.
Fuimos a un buffet libre al que llevábamos desde septiembre queriendo ir. Nada de italianos, nada de velas, nada de cosas "bonitas". Mucha comida y un sitio al que queríamos ir.
Nos pasamos por nuestro bar para recordar viejas épocas, y el bar había cambiado. Incluso la música era diferente, mejor. Y eso de alguna manera era un poco triste. Nuestra primera noche ahí, nuestra primera noche, estuvieron poniendo canciones de los '80, y sólo dejamos de besarnos cuando empezamos a reírnos de la rima de 'No hay marcha en Nueva York'.
Y ahora estaban los Beatles y eso está muy bien, mejor incluso, pero no era lo mismo.
Un hombre se puso a citar a Bécquer intentando vendernos unos CDs de música de la India, y nos reímos y la cerveza estaba fea, amarga, de esas veces que mejor no haberte tomado nada.
Volvimos a casa y ahí está otra cosa de los aniversarios, algo que no entiendo pero que se hace de todas maneras de forma instintiva: el sexo. Porque claro, el sexo de aniversario es como el sexo de cumpleaños o San Valentín: hay que esforzarse. Hay que esforzarse y intentar engañar al otro, jugar a que somos mucho mejores de lo que somos realmente, como si el otro no lo supiera ya. Como si no llevases un año acostándote con él, como si no te conociera.
Te conoce, claro que te conoce, y esa es la mejor parte.
Pero después, justo antes de dormir, te olvidás que se supone que es tu aniversario y hacés lo mismo que el resto de las noches: te ponés la misma camiseta arrugada, te abrazás de la misma manera, decís la misma frase justo antes de darte la vuelta y acomodarte en el hueco del cuerpo de la otra persona.
Y ahí es cuando te das cuenta.
Un aniversario no es celebrar un año de estar juntos.
Un aniversario es mirar atrás y darte cuenta de que a pesar de las cosas malas, y de las peleas, y de los errores, y teniendo en cuenta las horas de estudio, peli, series, comida, cocina, convivencia compartidas, las risas, los paseos, las cenas fuera, los regalos sorpresa, las bromas internas, los mensajes nocturnos y los pequeños fragmentos de los que está hecha una relación, no querrías estar en otro lugar ahora mismo.
Que si de ahora en más todos los días fuesen nuestros días normales, sin arreglarnos ni cenar fuera ni esforzarnos para intentar hacer creer al otro que somos quienes ya saben que no somos, estaría bien.
Que seríamos felices despertándonos con el despertador de su móvil, pasando el día en nuestra vida y después volver a "nuestra" vida, mientras inventamos alguna receta y miramos 'Buenafuente', justo antes de ponernos en nuestra postura para dormir.
28.1.11
Crux.
De todas las cosas aparentemente pequeñas que extraño (los piropos, los sandwiches de miga, la multitud de golosinas de chocolate y dulce de leche, el sentido del humor), la que más extraño y que apenas me había dado cuenta de ello es la Cruz del Sur.
Durante años levanté la cabeza y ahí estaba ella. Cinco estrellas que indicaban el sur, cinco estrellas que sorprendentemente se veían a pesar de la contaminación lumínica de Buenos Aires.
Cinco estrellas que tomaba como algo permanente, casi lo único que podía reconocer en ese cielo lleno de luces sin nombre.
Pero en Europa no se ve la Cruz del Sur.
Durante años levanté la cabeza y ahí estaba ella. Cinco estrellas que indicaban el sur, cinco estrellas que sorprendentemente se veían a pesar de la contaminación lumínica de Buenos Aires.
Cinco estrellas que tomaba como algo permanente, casi lo único que podía reconocer en ese cielo lleno de luces sin nombre.
Pero en Europa no se ve la Cruz del Sur.
27.1.11
Make yourself.
Mi papá me dio muchas lecciones a lo largo de mi vida.
Cuando era chica, trabajaba para un molino harinero. Había trabajado ahí desde los 16 años. El trabajo le obligaba a estar separado de nosotros de lunes a viernes, todos los meses, durante cuatro o cinco años.
Para un Día del Padre, le hice un portarretratos con una foto de mi hermano y de mí, para que lo ponga sobre su escritorio y pueda vernos todos los días. Nunca se lo llevó.
Un día, llegando a casa, le pregunté por qué no quería nuestra foto estando a 700 km casi todos los días. Me dijo que si llevaba una foto nuestra y la ponía sobre su escritorio, su jefe pensaría que estaba cómodo en su puesto, que había puesto una foto de sus hijos porque sentía que ese lugar era permanente, y que si era así nunca lo trasladarían a Buenos Aires y seguiría viajando cada viernes por la noche a casa y de vuelta al trabajo cada domingo por la tarde.
Unos años más tarde, después de que lo trasladaran a Buenos Aires, decidió dejar el trabajo y empezar a trabajar en un negocio familiar. Ganaba un poco menos, tenía muchas más preocupaciones y obligaciones, pero era su propio jefe. Y puso una foto nuestra.
2003. Viene a España, solo, a encontrar trabajo, casa e instalarse. Después de mucho buscar, encontró un trabajo que le gustaba y para el que estaba capacitado. Pero no ganaba lo suficiente, así que trabajaba en la Fundación por la tarde, y de madrugada hacía pan en una panificadora y después lo repartía. Estuvo meses durmiendo de 21 a 3 y de 10 a 12, trabajando el resto.
Por la mañana volvía a casa con roscas que había hecho él mismo, con quemaduras del horno e historias sobre pueblos imposibles con caminos tortuosos.
El horario nocturno era demasiado para él, con sus casi 50 años. Además, después de un año de vivir solo en un país extraño, finalmente estábamos ahí... pero casi no nos veía.
Empezó a trabajar en una fábrica de embutido. Le aumentaron las horas en la Fundación. Se dedicó a ser asesor de empresas en riesgo de quiebra. Lo ascendieron en la Fundación. Dejó la fábrica de embutido. Más horas en la Fundación. Dejó algunas empresas. Lo volvieron a ascender.
Ahora es el director de una empresa especialista en formación. No su empresa, la de otro. Tiene muchas preocupaciones, poco tiempo libre, un humor de perros.
Ni una sola vez tuvo una foto nuestra en ninguno de esos trabajos.
Ninguno le gustó lo suficiente.
En ninguno estuvo cómodo.
En ninguno quiso quedarse.
Pero lo hizo por nosotros. Y lo sigue haciendo.
Cuando era chica, trabajaba para un molino harinero. Había trabajado ahí desde los 16 años. El trabajo le obligaba a estar separado de nosotros de lunes a viernes, todos los meses, durante cuatro o cinco años.
Para un Día del Padre, le hice un portarretratos con una foto de mi hermano y de mí, para que lo ponga sobre su escritorio y pueda vernos todos los días. Nunca se lo llevó.
Un día, llegando a casa, le pregunté por qué no quería nuestra foto estando a 700 km casi todos los días. Me dijo que si llevaba una foto nuestra y la ponía sobre su escritorio, su jefe pensaría que estaba cómodo en su puesto, que había puesto una foto de sus hijos porque sentía que ese lugar era permanente, y que si era así nunca lo trasladarían a Buenos Aires y seguiría viajando cada viernes por la noche a casa y de vuelta al trabajo cada domingo por la tarde.
Unos años más tarde, después de que lo trasladaran a Buenos Aires, decidió dejar el trabajo y empezar a trabajar en un negocio familiar. Ganaba un poco menos, tenía muchas más preocupaciones y obligaciones, pero era su propio jefe. Y puso una foto nuestra.
2003. Viene a España, solo, a encontrar trabajo, casa e instalarse. Después de mucho buscar, encontró un trabajo que le gustaba y para el que estaba capacitado. Pero no ganaba lo suficiente, así que trabajaba en la Fundación por la tarde, y de madrugada hacía pan en una panificadora y después lo repartía. Estuvo meses durmiendo de 21 a 3 y de 10 a 12, trabajando el resto.
Por la mañana volvía a casa con roscas que había hecho él mismo, con quemaduras del horno e historias sobre pueblos imposibles con caminos tortuosos.
El horario nocturno era demasiado para él, con sus casi 50 años. Además, después de un año de vivir solo en un país extraño, finalmente estábamos ahí... pero casi no nos veía.
Empezó a trabajar en una fábrica de embutido. Le aumentaron las horas en la Fundación. Se dedicó a ser asesor de empresas en riesgo de quiebra. Lo ascendieron en la Fundación. Dejó la fábrica de embutido. Más horas en la Fundación. Dejó algunas empresas. Lo volvieron a ascender.
Ahora es el director de una empresa especialista en formación. No su empresa, la de otro. Tiene muchas preocupaciones, poco tiempo libre, un humor de perros.
Ni una sola vez tuvo una foto nuestra en ninguno de esos trabajos.
Ninguno le gustó lo suficiente.
En ninguno estuvo cómodo.
En ninguno quiso quedarse.
Pero lo hizo por nosotros. Y lo sigue haciendo.
24.1.11
"Siempre fui mejor amante que marido; se me hace más romántico añorar lo perdido que agarrarme a lo que tengo, me gusta rescatar tesoros de galeones hundidos y bucear por las bodegas de carga, aunque sepa que esos barcos no volverán a surcar los mares, y también tengo por costumbre poner trabas en la aduana a quien intenta amarrar de buenas a primeras su velero cuando el viento lo trae a mi muelle."
El Cable Azul
El Cable Azul
Gracias.
21.1.11
Off.
Acabo de volver de pasar una semana en Lausanne (Suiza), disfrutando de la Erasmus que nunca tuve ni tendré.
Estuve en un país extraño, con unas costumbres rarísimas, unos horarios diminutos, un idioma que no entiendo. Me relacioné con gente de todo el mundo, todos ellos músicos, siendo una especie de observador imparcial, alguien que mira todo desde fuera pero que realmente no importa.
Estar lejos de mi familia, mis amigos, mi pareja, el país que adopté como propio, mi idioma, mis calles, mis códigos comunes, comunicándome en un idioma que no era ni el mío ni el suyo, ajustándome a nuevas maneras de vivir, hizo que me diese cuenta más que nunca que tengo que salir de acá.
Salir de esto, de estas calles, de esta ciudad, de este país.
Alejarme, coger perspectiva, reencontrarme, cambiar.
No soy de ningún lado y por eso puedo ser de todos, por eso necesito ser de todos.
Me aterroriza que este año termine.
Me aterroriza alejarme de esta rutina de clases y trabajos, de prácticas y enseñanza, de adquirir conocimiento que ya apenas me interesa adquirir. De este circo que es la Universidad, mi Universidad, mi facultad, mi clase. De esta ciudad que fue mi ciudad durante cinco años, de estas rutinas, estos viajes en bus, estas compras, cinco años en el mismo supermercado, con los mismos cajeros, con la misma gente en sus colas, con sus mismos productos.
Me aterroriza alejarme de lo conocido y enfrentarme al futuro que ni sé si existe, pero lo necesito.
Necesito tener retos, necesito alejarme de esta conformidad que se instaló en mí con 23 años, alejarme de lo que yo misma creé para mí. Dejar de ser quien dije que soy durante todo este tiempo, ver si en realidad no soy otra, no quiero otras cosas.
"No has estudiado una carrera para..." Quizás sí. Quizás he estudiado esta carrera porque me gusta, porque era lo único que me interesaba y no me llevaba directa a la enseñanza, porque me gusta vivir en este mundo, aunque sepa que es casi imposible ser parte de este mundo. Así que quizás sí estudié esta carrera para trabajar de dependienta, para cuidar los hijos de otros en un país extranjero, para viajar lo que pueda, para no establecerme nunca.
Quizás debería intentar no pensar en lo que se supone que debería hacer con mi título una vez que termine, no pensar en buscar trabajo "en el sector", no montar nada con amigos, no matarme por entrar en algún canal de televisión de los que actualmente hablo mal, porque quizás mi felicidad no está en eso.
Quizás lo mío es otra cosa. Quizás lo mío sólo es huir, pero mirando atrás.
Quizás esta es la enfermedad de mi generación: empezar cosas que nunca terminamos, terminar cosas sólo porque es lo que tenemos que hacer, hacer la escala "bachillerato, Selectividad, carrera, trabajo, piso, familia" y sonreír mientras tanto porque eso es lo que nos dijeron que era lo correcto, lo que cualquiera desearía.
Quizás sólo necesito un año.
Un año. Otro país. Pensar. Decidir.
O quizás sólo escapar.
Estuve en un país extraño, con unas costumbres rarísimas, unos horarios diminutos, un idioma que no entiendo. Me relacioné con gente de todo el mundo, todos ellos músicos, siendo una especie de observador imparcial, alguien que mira todo desde fuera pero que realmente no importa.
Estar lejos de mi familia, mis amigos, mi pareja, el país que adopté como propio, mi idioma, mis calles, mis códigos comunes, comunicándome en un idioma que no era ni el mío ni el suyo, ajustándome a nuevas maneras de vivir, hizo que me diese cuenta más que nunca que tengo que salir de acá.
Salir de esto, de estas calles, de esta ciudad, de este país.
Alejarme, coger perspectiva, reencontrarme, cambiar.
No soy de ningún lado y por eso puedo ser de todos, por eso necesito ser de todos.
Me aterroriza que este año termine.
Me aterroriza alejarme de esta rutina de clases y trabajos, de prácticas y enseñanza, de adquirir conocimiento que ya apenas me interesa adquirir. De este circo que es la Universidad, mi Universidad, mi facultad, mi clase. De esta ciudad que fue mi ciudad durante cinco años, de estas rutinas, estos viajes en bus, estas compras, cinco años en el mismo supermercado, con los mismos cajeros, con la misma gente en sus colas, con sus mismos productos.
Me aterroriza alejarme de lo conocido y enfrentarme al futuro que ni sé si existe, pero lo necesito.
Necesito tener retos, necesito alejarme de esta conformidad que se instaló en mí con 23 años, alejarme de lo que yo misma creé para mí. Dejar de ser quien dije que soy durante todo este tiempo, ver si en realidad no soy otra, no quiero otras cosas.
"No has estudiado una carrera para..." Quizás sí. Quizás he estudiado esta carrera porque me gusta, porque era lo único que me interesaba y no me llevaba directa a la enseñanza, porque me gusta vivir en este mundo, aunque sepa que es casi imposible ser parte de este mundo. Así que quizás sí estudié esta carrera para trabajar de dependienta, para cuidar los hijos de otros en un país extranjero, para viajar lo que pueda, para no establecerme nunca.
Quizás debería intentar no pensar en lo que se supone que debería hacer con mi título una vez que termine, no pensar en buscar trabajo "en el sector", no montar nada con amigos, no matarme por entrar en algún canal de televisión de los que actualmente hablo mal, porque quizás mi felicidad no está en eso.
Quizás lo mío es otra cosa. Quizás lo mío sólo es huir, pero mirando atrás.
Quizás esta es la enfermedad de mi generación: empezar cosas que nunca terminamos, terminar cosas sólo porque es lo que tenemos que hacer, hacer la escala "bachillerato, Selectividad, carrera, trabajo, piso, familia" y sonreír mientras tanto porque eso es lo que nos dijeron que era lo correcto, lo que cualquiera desearía.
Quizás sólo necesito un año.
Un año. Otro país. Pensar. Decidir.
O quizás sólo escapar.
9.1.11
Pampa.
Quiero absorber las llanuras infinitas con mis ojos,
para reemplazar estos paisajes de montañas, sierras y olivos.
para reemplazar estos paisajes de montañas, sierras y olivos.
4.1.11
Nuestras conversaciones son distintas, más adultas.
Él me confiesa que quiere tener una relación, sentar cabeza, pero no encuentra con quién.
Yo le hablo del miedo a quedar destrozada cuando esto acabe.
Hablamos en voz baja, dando vueltas por un barrio cuyas casas vimos nacer, mientras cae la niebla e intentamos contener las lágrimas uno, convencerse de que sigue igual el otro.
Él me confiesa que quiere tener una relación, sentar cabeza, pero no encuentra con quién.
Yo le hablo del miedo a quedar destrozada cuando esto acabe.
Hablamos en voz baja, dando vueltas por un barrio cuyas casas vimos nacer, mientras cae la niebla e intentamos contener las lágrimas uno, convencerse de que sigue igual el otro.
30.12.10
Creo que debería volver a aclarar algo.
No vivo en el pasado. Escribo sobre el pasado, que no es lo mismo.
Mi presente es sólo mío. Mío y de la persona con la que lo comparto, que en un alarde de originalidad he nombrado El Novio.
A lo largo de este blog están desparramados Hobbit, Osezno, E.D.M (o S. M), Mr. Big, Chicomar, El primo. Pero él es el único El Novio.
Mi pasado es sólo mi pasado. Mi pasado son recuerdos, quietos, inmóviles, sin vida.
Pasados a través de la invención de Morel.
Pero mi presente está vivo, y me hace sonreír, y me crea tal cantidad de endorfinas como para parar un tren (y evitar que mi muy maltrecho cuerpo enferme).
Mi presente es simple y suave, cercano. Mi presente no me genera angustia ni ansiedad. Mi presente no hace que me duerma llorando.
Mi presente está conmigo todos los días, y eso no es un problema (lo que es un problema, pero porque me gusta ser complicada). Mi presente incluye comida para dos y ponerle pasta de dientes a otro dentífrico. Mi presente tiene su foto enmarcada en mi habitación, en su habitación, en nuestra habitación. Mi presente me cuida y protege, me hace sentir segura, permite que deje de luchar por todo. Ya no más pelear con la distancia, con las diferencias, con las voluntades ajenas.
Mi presente es sólo mío.
Mi presente será pasado en algún momento, y entonces podré nombrarlo, explicarlo, contarlo.
Pero hasta que ese momento llegue, juego con recuerdos, escribo sobre recuerdos, escribo sobre otras personas, otros tiempos y otros lugares, porque no quiero compartir lo que es mío, no quiero que nadie me desgaste estos momentos, estas caricias, estas conversaciones.
Porque esta paz y esta calma son sólo mías
No vivo en el pasado. Escribo sobre el pasado, que no es lo mismo.
Mi presente es sólo mío. Mío y de la persona con la que lo comparto, que en un alarde de originalidad he nombrado El Novio.
A lo largo de este blog están desparramados Hobbit, Osezno, E.D.M (o S. M), Mr. Big, Chicomar, El primo. Pero él es el único El Novio.
Mi pasado es sólo mi pasado. Mi pasado son recuerdos, quietos, inmóviles, sin vida.
Pasados a través de la invención de Morel.
Pero mi presente está vivo, y me hace sonreír, y me crea tal cantidad de endorfinas como para parar un tren (y evitar que mi muy maltrecho cuerpo enferme).
Mi presente es simple y suave, cercano. Mi presente no me genera angustia ni ansiedad. Mi presente no hace que me duerma llorando.
Mi presente está conmigo todos los días, y eso no es un problema (lo que es un problema, pero porque me gusta ser complicada). Mi presente incluye comida para dos y ponerle pasta de dientes a otro dentífrico. Mi presente tiene su foto enmarcada en mi habitación, en su habitación, en nuestra habitación. Mi presente me cuida y protege, me hace sentir segura, permite que deje de luchar por todo. Ya no más pelear con la distancia, con las diferencias, con las voluntades ajenas.
Mi presente es sólo mío.
Mi presente será pasado en algún momento, y entonces podré nombrarlo, explicarlo, contarlo.
Pero hasta que ese momento llegue, juego con recuerdos, escribo sobre recuerdos, escribo sobre otras personas, otros tiempos y otros lugares, porque no quiero compartir lo que es mío, no quiero que nadie me desgaste estos momentos, estas caricias, estas conversaciones.
Porque esta paz y esta calma son sólo mías
28.12.10
Sam.
Me acordé de cómo gruñías y me atacabas, de tu respiración entrecortada en mi oreja, de tu cara sobre mí.
Me acordé de como poco a poco tu cara se fue transformando, se hizo más suave, cuando empecé a llorar. Y simplemente me abrazaste.
Me acordé de como poco a poco tu cara se fue transformando, se hizo más suave, cuando empecé a llorar. Y simplemente me abrazaste.
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