13.2.12

The only exception.

"Tengo ganas de hablar con vos. Pasear.
Ya sabes, lo nuestro. Lo de siempre. Lo de casi nunca.
(...)
Pero no me gusta hablar por aquí de esas nimiedades contigo.
Prefiero contarte cosas verdaderamente importantes, como que el cordón de mi bota se rompió al engancharse en la escalera mecánica.
O que la última palabra del libro que me estoy leyendo es "Grace".
O que un botón de mi abrigo ha decidido separarse del resto y huir a descubrir mundo.
O que he visto una hoja que se elevaba en el aire al pasar por uno de los conductos de ventilación del metro que van a dar a la calle.
Y me ha recordado a vos.
Y a American Beauty.
Y me ha dado nostalgia no tenerte cerca.
A mi lado. Y abrazarte. Y olerte."

Te quiero.
Por cosas como esta y por tantas otras.
Te quiero.

Palimpsesto.

Quiero vaciarme.

Vaciarme de palabras, gestos, sensaciones, recuerdos, sentimientos, lugares, vos, yo, ellos.
Poder renacer, nueva, limpia, vacía, otra.
Quedarme sin nada para poder volver a empezar.

Pero nunca podés deshacerte de todo.
Siempre quedan restos, historias, personas.
Porque lo que vivimos es lo que somos.
Porque lo que vivimos es lo que se queda con nosotros, por más que intentemos cambiar y olvidar.

3.2.12

Todo lo que te gusta de mí me lo dieron otros.

3.1.12

Ansia.

Salvaje, primigenio, eléctrico.
Era sexo.
Era hambre, deseando devorarnos, insaciable, imposible separarnos.
Dedos sedientos que apenas rozan la piel pero que es como si la quemaran, metáforas vacías de novela romántica que cobran sentido de repente, al descubrir que no hay suficiente, que no tenemos suficiente, que nunca tendremos suficiente.

12.12.11

Sucede que me canso de ser.

Me canso de no saber dónde estoy parada, de los juegos que significan cosas diferentes para cada uno, de volver a casa sintiendo tu mano en mi rodilla, de no saber cómo hablarte, cómo explicarte, cómo hacer que entiendas que no sos quien creés que sos, que tenés más para ofrecer de lo que pensás, que la única manera de que la gente deje de verte como solías ser es que dejes de actuar como el misógino que eras, y empieces a actuar como la persona madura y con su propia moral que sos ahora.

Me canso de luchar para mantener lo que tenemos, de hacer todo el esfuerzo, de recibir migajas de tu atención, de preguntar "¿cuán alto?" cuando me pedís que salte.

Me canso de ser la única que está en esta relación.

30.10.11

Cosas que nunca te dije (pero aún puedo hacerlo)

Eras, a falta de palabras mejores, un digno adversario.
El que podía ponerme en mi lugar.
El que me empujaba a ser mejor.
El que lograba que reconociese mis errores.
El que sabía cómo era y lo respetaba, pero no dejaba que me saliese con la mía.
El que estaba a mi nivel.

Eras mi igual. Los dos luchábamos por dominar, por lo que ninguno lo hacía.
Lo único que desequilibraba la balanza de poder era la diferente intensidad de nuestros sentimientos por el otro.

Eso es lo que busco. Alguien se sepa sacar lo mejor de mí, que sepa manejar lo peor, que me haga mejor persona.
Un reto, un desafío, una oportunidad para crecer.

20.9.11

AzulRojo.

Cuando se despertó, ya estaba ahí.

No era un dinosaurio, como cualquiera supondría.
Era de nuevo eso. Esa especie de pesadez en la planta de los pies, ese pinchazo
debajo de la costilla flotante derecha.
Salió de la cama y supo lo que pasaba.
Era una de esas mañanas en las que no le daría tiempo a desayunar, viajaría
aplastada entre viejas que se creen mejor que ella y probablemente llegaría tarde. La
cosa no terminaría ahí, no: tendría que aguantar horas interminables de cháchara sin
sentido y probablemente algún documental de esos que no sabés si matarte, matar al
profesor o entrar en furia berserker y acabar con toda la clase. Seguro que llovería.
Tendría que pasarse los ratos muertos mirando las gotas, y las nubes, y las trombas
de agua. Sin paraguas, claro. Aparecería algo a último momento y llegaría a casa a las
17, famélica, chorreando y después de haber metido el pie hasta el tobillo en un
charco de agua turbia. Todo para encontrarse con que volvió a entrar agua en su
habitación (con la ventana cerrada, por supuesto) y que se acabó la bombona: adiós
comida rica y ducha calentita. Intentaría estudiar, pero estaría tan cansada que se
quedaría dormida y se sentiría culpable el resto de la tarde. Para cuando lleguen las
21, sólo querría meterse en la cama y arroparse la cabeza con una manta.

Entonces le llegó ese mensaje. Y sonrió.

“Chica roja, no estés blue”


Sunday blues.

Como náufragos, deambulábamos entre libros y tabasco, entre palillos chinos y merchandising de Star Wars, entre galletas importadas y destornilladores.
Como zombies, veíamos sin mirar, pasando de objeto en objeto, concentrándonos sólo durante unos segundos. Nos cruzábamos, nos chocábamos y veíamos en el otro el reflejo de nuestra propia expresión. Todos buscábamos algo, una distracción, una adicción, un entretenimiento.
Éramos domingueros desesperados por que fuese lunes.

En el hilo musical sonaba Billie Holiday

Fact XXVIII.

Echo de menos el sexo sucio, desordenado, de condones en el suelo, de revolcarnos en una cama llena de sudor y semen, de pantalones sin ropa interior para salir de la habitación.

7.9.11

¿Cómo habríamos sido si esa noche, la primera noche, hubiese pasado algo entre nosotros?
¿Habría un "nosotros"?
¿Existiríamos siquiera?

4.8.11

Twist.

Era raro verlo y saber que no era mío, verlo y no poder tocarlo.
Tener que escondernos para hacer lo que hacemos siempre.
No poder decir ciertas cosas.
Amordazar a los demás como medida preventiva.

Era raro no poder mirarlo como siempre.
Verlo interactuar con alguien nuevo, de otra manera.
Sentirme cohibida, acomplejada, inferior a.

Pero aún así seguíamos siendo nosotros.
Aún así vino y me susurró lo que sabía que necesitaba escuchar.
Aún así algo me impulsó a buscarlo y disculparme, y cuando nos miramos supo que tenía que disculparse también.
Aún así buscamos la manera de ser nosotros sin hacer daño.

Nosotros y los otros.
Y eso no cambia.

Fact XXVII.

Lo que más me molesta es no tener a nadie a quien contarle ciertas cosas, ni ningún sitio realmente privado.

A she.

La observo. Su cuerpo, sus movimientos, sus palabras.
Intento descubrir por qué ella sí y yo no, por qué logró lo que yo quería.
A pesar de gustarme mi posición actual, permanente, no como a la suya.
Pero no puedo evitar pensar en la historia, en los recuerdos, en las imágenes, en las fantasías, y en como ella ahora está donde estuve, pero mejor.

¿Qué es preferible?
¿Algo efímero pero pleno o algo permanente a medias?

1.8.11

Fact XXVI.

No hay nada peor que enfrentarme a la novia (perfecta físicamente) de Mr. Big mientras yo estoy en bikini.

28.7.11

Estoy jugando a no pensar

Pero aún así no puedo apagarme el cerebro por las noches.

24.6.11

Más misoginia.

Llevo años intentando demostrar que no soy como esas, como ellas, esas arpías sin corazón que juegan con los hombres, que histeriquean, que manipulan intentando tenerlos a sus pies.
Años siendo una persona medianamente equilibrada (en mi relación con ellos, no en mi vida), una persona que dice lo que quiere y cómo lo quiere, que se enamora hasta las trancas y lo demuestra, que intenta cambiar lo que duele y hace daño a la otra persona.
Pero según la opinión pública no me he transformado ni en una ni en otra, sino en una devora-hombres que tiene demasiadas relaciones, que alardea sobre ellas, que se parece más al prototipo de hombre ganador/mujeriego de lo que debería, porque es una mujer.
Una mujer que debería mantener su reputación, tener cuidado con lo que habla en ciertos lugares, que no tiene derecho a quejarse si sus “múltiples” relaciones la ponen en situaciones comprometidas.
Lo más doloroso es que los reproches vienen de alguien que estuvo del otro lado, que yo creía que me entendía y me aceptaba como ningún otro, alguien al que le gustaba que fuese como soy, con el que comparaba a todos los otros en materia de tolerancia.
Las cosas cambian.

11.6.11

Época de exámenes.

Dos veces al año nuestra sociedad genera una nueva especie: los estudiantes universitarios. Cualquiera podría argumentar que los estudiantes universitarios existen a lo largo del año, pero no. Es sólo en febrero y junio que los llamados “estudiantes”, de hecho, estudian.

Estos zombies, pálidos y ojerosos, pasan semanas de aislamiento. Salen de casa tan temprano que el sol no brilla, y vuelven mucho después del atardecer. Faltos de sueño, las pocas horas que duermen se sienten culpables, por lo que no descansan. Esto se traduce en susceptibilidad y delirios generalizados.

Podrán reconocerlos fácilmente en cualquier supermercado (junto con las bibliotecas, su único contacto con el mundo exterior). Se los verá comprando bebidas energéticas, café, productos de limpieza, bollería, pizzas, comida pre-cocinada o congelada. Si es verano, productos dietéticos. Si es invierno patatas fritas y caramelos en cantidades industriales.
También los delatan las marcas de las gafas en la nariz, las mochilas llenas de apuntes, y en los casos más extremos, el pelo atado con descuido, la sospecha de que se vistieron con lo primero que encontraron en el suelo y, en invierno, los pijamas que asoman por debajo del abrigo.

Su comportamiento es de lo más peculiar. Las neuronas, sobrecargadas de tanto esfuerzo, tienen problemas para realizar la sinapsis, por lo que se olvidan de las palabras, se ríen como posesos de cosas sin gracia, hablan con palabras rimbombantes, explican a todo el que quiera escucharle conceptos científicos, van por ahí dando saltitos y buscan cualquier excusa para celebrar lo que sea.
Deseando contacto humano, los verás salir de madrugada a sacar la basura, eufóricos por abandonar las cuatro paredes en las que estuvieron confinados todo el día.
En junio también se los puede encontrar mendigando cajas de cartón en los comercios a las nueve de la mañana o tirando a la basura bolsas y bolsas llenas de papeles: durante esta época también se están mudando.

En cuanto a su vida en el hogar, se recomienda a los padres no visitarlos: la limpieza no es una prioridad. Milagrosamente todos desarrollan sistemas inmunológicos capaces de sobrevivir en ese ambiente, por lo que nunca enferman.
Sus horarios y formas de socialización con sus compañeros de vivienda también se ven trastocadas. Comerán a la una de la tarde o a las cuatro, pero no entre esas horas. Tomarán siestas a las siete de la tarde y cenarán a las dos de la mañana. Pasarán horas encerrados en sus habitaciones, y el único momento en el que se relacionarán con sus compañeros de piso será por la noche, cuando coincidan todos en las zonas comunes.

A pesar de que suelen relacionarse sólo entre ellos, manteniendo conversaciones ininteligibles para el resto de la raza humana, se recomienda a la población general que se mantenga alejada: pueden ser peligrosos, o al menos, desconcertantes.

5.6.11

Me han visto desnuda. Nos hemos besado. Hemos hecho el amor. Hemos follado. Me han acariciado. Han compartido mi vida. Nos hemos hecho fotos. Nos hemos escrito cosas de amor. He viajado con ellos. He hecho locuras con ellos. He vivido con ellos. Ellos han sido mis amigos.
Ellos son mis amigos.
Eso es lo que importa ahora.
No todo lo que haya pasado entre nosotros.
Lo que importa es que son mis amigos. Son mis amigos porque estuvieron ahí en parte de mi vida, porque me conocieron como nadie pudo, porque guardan mis secretos así como yo guardo los suyos, porque vivimos muchas cosas juntos, porque podemos contarnos de todo.
Parte de ellos es pasado, un pasado en el que no estoy por alguna razón.
Parte de ellos es presente, un presente al que recurro porque me conocen más que nadie.
Son mis amigos, y eso no cambia nada.

28.5.11

Humbert Humbert.

Lo conocí cuando tenía 16 años.
Padre de un compañero mío del IVA, era nuestro acompañante en nuestro viaje de fin de curso.
Nosotros nos quedábamos en carpas/tiendas de acampada, mientras que él, a sus 45 años largos (probablemente 50), se quedaba en un bungalow, donde todos nos duchábamos haciendo turnos.
Él, sentado a la mesa de la cocina, escribía en su portátil. Nosotros esperábamos a que los demás terminasen.
Un día, mientras esperaba a una amiga, decidí agarrar el libro que estaba encima de una pila de libros que había sobre la mesa. La prisión de Cronos.
Dijo que era la primera que agarraba un libro. Y así empezó todo.
Estuvimos cuatro horas hablando de libros, escritura, mi futuro viaje a España, la vida. Me mostró cosas que escribía. Me hizo sentir bien conmigo misma, adulta, interesante.
Me prestó el libro, me invitó a una cerveza, me hizo partícipe de su mundo.
Cuando se fue, me dejó el libro y su dirección de mail para devolvérselo.
Quedamos en la cafetería Homero Manzi. Él, tanguero, no podía haber elegido un lugar mejor.
Llegué sintiéndome rara. Pero una vez ahí lo supe. Había algo entre nosotros, algo que iba más allá de edades y cuerpos, algo que nos conectaba y nos hacía sentir en sintonía.
Simplemente encajábamos.
Apostó conmigo que iba a escuchar un tango en menos de un año, por nostalgia. Si yo ganaba, me regalaba La prisión de Cronos. Gané, pero nunca recogí mi premio.
Durante un año y medio nos escribimos e-mails.
E-mails donde le contaba mi adaptación a este extraño país al que ahora considero mío, mis amoríos y aventuras. Él me hablaba de su ex mujer, sus amores, sus hijos, su primera nieta.
Hablábamos de la vida, del amor, de la filosofía. Me mandaba textos, propios y ajenos, me recomendaba libros, me mostraba pedazos de lo que él era y de lo que yo, casi sin darme cuenta, me he terminado convirtiendo.
Él creía en el amor sin ataduras, en la honestidad como la única fidelidad, en disfrutar a cada paso.
Decía que yo no debería existir pero existía, que era una cosa que lo atraía y que por eso me temía, decía que me daría todo lo que quisiera, que se entregaría si era lo que quería, decía que vivía dentro de él para siempre. Me besaba con palabras, con intenciones.
Me llamaba hermosa, divina, preciosa. Me veía llena de vida, florecida, maravillosa.
Decía “me gustaría jugar con vos, como si fuéramos chicos los dos, muy chicos. Me gustaría tener días totalmente abandonados, sin ocupaciones, en una casa llena de piezas y con un parque grande, sin nadie más. Con comida de sobra, sin teléfono, una video grabadora, una TV, una filmadora, y sin órdenes, ni tareas de ningún tipo, sin relojes, dedicados sólo a jugar sin límites, sin saber del mañana, ni hablar del pasado, inventado un presente sin utilidades, ni presupuestos.”
Yo quería todo eso. Quería y a la vez no. Quería pero me daba miedo. Me daban miedo los prejuicios, las edades, las familias, las expectativas. Yo me dejaba querer.
Con el tiempo dejé de responder. Con el tiempo dejó de escribir.
Así, el 23 de julio del 2006 recibí un e-mail desde su dirección.
Otra persona, escribiendo en su lugar, hablaba de un legado, de un blog con sus textos, de no haber tenido tiempo de terminar proyectos, de una herencia.
Humbert me había dejado. Pero yo lo había abandonado mucho antes.

De él me quedan textos y recomendaciones, recuerdos y conversaciones, notas garabateadas del libro que me prestó, una servilleta de un bar y una manera de vivir que todavía no me atrevo a poner en práctica.
Él, en algún lugar, tiene un marcapáginas con mi dedicatoria y un libro que me pertenece.
Hoy volví a escribirle. “Te extraño”.

11.5.11

Brillantes, nos despertamos cegados por la luz, bañados en sol.
Desnudos, nos estiramos como gatos. Las imperfecciones al aire, las erecciones al aire.
Remolones, nos besamos, seguros de que queremos hacer esto mismo mañana.